Ideologia
Un inciso. ¿Cuál es el fin de la izquierda? ¿Es acaso la conmiseración, la compasión, es decir, la comunión en la miseria y en el padecer? ¿O ha de ser, por el contrario, el acabamiento y superación de la miseria toda, es decir, el comunismo?
Entiéndase que lo que sigue nada tiene que ver, o no lo pretende, con que a uno -quienquiera que sea- le gusten o no los toros…
1.- En la historia del pensamiento corresponde a Alcmeón de Crotona, s. VI a. C., el honor de haber sido el primero en trazar nítidamente una línea de separación entre la categoría humanidad y la categoría animalidad, y ello, “sólo”, en razón de la razón misma: “El hombre se diferencia de los otros [animales] sólo porque comprende; los otros, en cambio, sienten pero no comprenden”. Para llegar a este punto, fue necesario al hombre, previamente, distinguir entre lo animado y lo inanimado.
2.- Dice Hermann Hesse que aquello que ennobleció los instintos animales del hombre, -lo que lo humanizó- fue “la fantasía, la vergüenza y el entendimiento”. Aunque no se esté de acuerdo en que la demarcación entre animalidad y humanidad arranque de la concurrencia en el animal-hombre de tales facultades, no puede dejar de admitirse que cada una de ellas, por sí sola, singulariza ya al ser humano en relación al resto de lo viviente.
3.- Sostenía Unamuno que era “posible militarizar a un civil pero imposible civilizar a un militar”; análogamente, se puede afirmar que es imposible humanizar un animal pero ciertamente posible animalizar a un hombre. Discreto ejemplo de esto último se halla en la moral judeocristiana que cuando predica la humanización del sexo ligándolo a la reproducción biológica lo que hace es -muy al contrario de lo que afirma pretender- animalizarlo, es decir, reducir al hombre, paradójicamente, a una categoría más amplia de lo viviente: lo animal.
4.- Todo lo más a que ha llegado el hombre en su afán de humanizar al animal ha sido crear un ser condenado a la obediencia; un ser cuya individualidad está moldeada sobre la alienación de su especialidad, es decir, de su ser en tanto que especie; un ser, en fin, que no es sino reflejo especular de su propio creador, el hombre: el animal doméstico. Del mismo modo que en el relato bíblico el hombre es a imagen y semejanza de Dios, el animal doméstico es a imagen y semejanza del hombre. Parafraseando al Nietzsche de La genealogía de la moral, para que el hombre haya podido llegar a ser un domesticador en sí, primero ha tenido que hacerse un domesticador de sí.
5.- El antitaurinismo, al calificar de “tortura” la fiesta de toros, es decir, al situar en la misma categoría al toro jugado y al militante aherrojado a la sevicia del aparato represivo de cuartelillos y comisarías, asume, consciente o inconscientemente, la esencia ideológica sobre la que reposa la práctica sistémica de la tortura: la factibilidad de desnudar por completo a un hombre de su dignidad, la posibilidad de privarlo de aquello que le diferencia del animal, en definitiva, la posibilidad de animalizarlo.
6.- Se pregunta Unamuno, a propósito de la definición aristotélica de ‘hombre’ como zôon politikón (“animal civil” o “ciudadano”), si son posibles civilización y civilidad sin los cimientos de la domesticidad y la domesticación. Nos preguntamos nosotros cuál no será el grado de domesticación alcanzado por el hombre moderno para haber llegado al punto de reconocer derechos de los animales, es decir, para reconocerlos como personas jurídicas.
7.- Cuando en El Manifiesto Comunista se considera a “las sociedades protectoras de animales” como “parte de la burguesía que desea mitigar las injusticias sociales, para de este modo garantizar la perduración de la sociedad burguesa”, ¿nos encontramos ante una carencia de sensibilidad ecológica de los creadores del socialismo científico o, por el contrario, ante una atinada apreciación de Marx y Engels respecto a la posición ideológica y de clase que ocupan tales instituciones? ¿No queda lleno de sentido, rebosante de coherencia -a la luz de la cita marxista-, el hecho de que miembros de los mismos partidos voten en el Parlament de Catalunya contra las corridas de toros, es decir, en contra de la muerte violenta de animales, y en el Congreso de los Diputados de España a favor del incremento de tropas españolas en Afganistán, es decir, a favor de la muerte violenta de seres humanos?
8.- En la Grecia antigua, Dioniso -dios “de cuernos de toro”, en el decir de Eurípides- representó el espíritu de libertad e igualdad; en honor de Dioniso -“taurófago”, como le llamó Sófocles-, se celebraron las Antesterias, fiestas en que los esclavos tomaban por un día el poder sojuzgando a sus amos; en ese sí a lo vital, a lo dramáticamente vital, que inspira todo lo dionisiaco, se reveló al alma griega el teatro, la fiesta trágica. Escuchemos de nuevo a Hermann Hesse: “lo «trágico» no significa otra cosa que el destino del héroe que sucumbe por seguir a su propia estrella en contra de todas las leyes de rigor”.
9.- El régimen del capital deja impreso sobre todo el sello indeleble de su esencia inversora que no consiste sino, precisamente, en invertir, esto es, en torcer y aun retorcer, “el sentido propio de las cosas”. Excrecencia -moral, en este caso- del proceso de producción mercantil es la torsión del sueño en realidad y de ésta en pesadilla. Otro tanto puede afirmarse de la transformación del juego en deporte. O de la fiesta en espectáculo, del que dice Guy Debord que es “la afirmación de la apariencia y la afirmación de toda vida humana, o sea social, como simple apariencia”. Y sigue: “la verdad del espectáculo lo descubre como la negación visible de la vida, como una negación de la vida que se ha tornado visible”.
Un inciso. ¿Cuál es el fin de la izquierda? ¿Es acaso la conmiseración, la compasión, es decir, la comunión en la miseria y en el padecer? ¿O ha de ser, por el contrario, el acabamiento y superación de la miseria toda, es decir, el comunismo? ¿Qué concesión a la compasión, o a cualquier otro sentimiento del mismo rango, se permite Engels cuando proclama gozoso que “desde la aparición de los antagonismos de clase, son precisamente las malas pasiones de los hombres, la codicia y la ambición de mando, las que sirven de palanca del progreso histórico”; cuando coincide con Hegel al afirmar que “la maldad es la forma en que toma cuerpo la fuerza propulsora del desarrollo histórico”?
10.- Dice Nietzsche: “sin crueldad no hay fiesta: así lo enseña la más antigua, la más larga historia del hombre”. Eso, ¡y nada más que eso!, es, precisamente, lo que niega el antitaurinismo: la fiesta, la tragedia de la vida, ¡que es la muerte!, hecha representación, y en tanto que representación ordenada, cultura y arte. El antitaurinismo y el “taurinismo”, esto es, el no a la fiesta y el sí al espectáculo, son los límites en que queda constreñida la vida bajo el régimen del capital: el campo en que pretende concentrarla, empequeñecerla, ahogarla.
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