Tuesday, February 9, 2010


Ideologia

CONFUSIÓN ENTRE POLÍTICA Y PEDAGOGÍA

        

Existen en nuestro país no pocos socialdemócratas que, bajo la influencia de cada derrota de los obreros en las refriegas con los capitalistas o con el gobierno, se dejan llevar del pesimismo y despectivamente evitan hablar de los supremos y grandes fines del movimiento obrero, apoyándose en nuestra insuficiente autoridad sobre las masas. “¡Adonde podemos ir nosotros! ¡Nada podemos hacer!”, dicen esos elementos.

V.I. Lenin

 4 Iruzkin.

¡No cabe hablar del papel de la socialdemocracia como vanguardia en la revolución cuando ni siquiera conocemos a fondo el estado de ánimo de las masas, ni sabemos fundirnos con las masas, poner en pie a las masas obreras! Los reveses sufridos por los socialdemócratas el 1° de Mayo de este año han venido a reforzar ese estado de espíritu. Como es lógico, los mencheviques o secuaces de la nueva Iskra se han apresurado a hacerse eco de él para presentar una vez más en calidad de consigna especial el lema: “¡A las masas!”, como contraponiéndolo a la idea y a la concepción de un gobierno provisional revolucionario, de la dictadura democrático-revolucionaria, etc.


No se puede por menos de reconocer que en este pesimismo y en las conclusiones que de él hacen los irreflexivos publicistas de la nueva Iskra, hay un rasgo muy peligroso, capaz de causar grave daño al movimiento socialdemócrata. Ni que decir tiene, la autocrítica es indudablemente necesaria para todo partido vivo y estrechamente entrelazado con la realidad. No hay nada más banal que un optimismo fruto de la presunción. No hay nada más legítimo que señalar la necesidad constante y absoluta de ahondar y ampliar, de ampliar y ahondar nuestro ascendiente sobre las masas, nuestra propaganda y agitación rigurosamente marxistas, nuestro acercamiento a la lucha económica de la clase obrera, etc. Pero precisamente porque es legítimo señalar esto de continuo, en cualquier circunstancia y situación, esas indicaciones no pueden convertirse en consignas especíales, no pueden justificar los intentos de basar en ellas una tendencia particular de la socialdemocracia. Aquí hay un límite, pasado el cual convertís estas indicaciones indudablemente necesarias en una limitación de las tareas y del alcance del movimiento, en un doctrinarismo que relega al olvido las tareas políticas esenciales y de primer orden del momento.


Es preciso ahondar y ampliar en todo instante el trabajo y la influencia entre las masas. Sin esto, un socialdemócrata deja de serlo. Ninguna organización, grupo o círculo puede considerarse socialdemócrata si no lleva a cabo esta labor de un modo constante y regular. En grado considerable, el sentido de nuestra rigurosa separación en un partido proletario independiente consiste en que debemos realizar siempre con toda firmeza esta labor marxista, para elevar en lo posible a toda la clase obrera hasta el nivel de la conciencia socialdemócrata, sin permitir que las tormentas políticas, cualquiera que fuesen —y mucho menos los cambios políticos decorativos— nos apartaran de esta labor apremiante. Sin este trabajo, la actividad política degeneraría infaliblemente en un juego, puesto que esta actividad adquiere una importancia seria para el proletariado sólo cuando y sólo en la medida en que pone en pie a las masas de una clase determinada, despierta en ella el interés y la impulsa a participar en los acontecimientos como una fuerza activa y avanzada. Como ya hemos dicho, esta labor es necesaria siempre: después de cada derrota se puede y se debe recordar esta labor y hay que remarcarla, pues la debilidad en este sentido es siempre una de las causas de la derrota del proletariado. Después de cada victoria, también es preciso recordarla siempre y subrayar su importancia, pues de otro modo la victoria será aparente, sus frutos no serán seguros, su significado real desde el punto de vista de toda la gran lucha por nuestro objetivo final será insignificante y hasta podría resultar negativo (a saber, en el caso de que una victoria parcial debilite nuestro espíritu de vigilancia, atenúe la desconfianza hacia los aliados inseguros y permita dejar pasar el momento de asestar nuevos y más fuertes golpes al enemigo).


Pero precisamente porque es siempre necesaria por igual esta labor de ahondar y ampliar la influencia sobre las masas, lo mismo después de cada victoria que después de cada derrota, lo mismo en momentos de estancamiento político que en los períodos revolucionarios más tormentosos, precisamente por eso, de la indicación de realizar esa labor no se debe hacer una consigna especial, no se puede basar en ella una tendencia especial sin riesgo de caer en la demagogia y en un menosprecio de las tareas de la clase avanzada, la única verdaderamente revolucionaria. En la actividad política del partido socialdemócrata hay y habrá siempre ciertos elementos de pedagogía: es preciso educar a toda la clase de los obreros asalariados con el fin de que desempeñen el papel de combatientes para emancipar de cualquier opresión a toda la humanidad; es preciso instruir constantemente a nuevas y nuevas capas de esta clase, hay que saber abordar a los elementos de esta clase más atrasados, menos desarrollados, menos influenciados por nuestra ciencia y por la ciencia, de la vida, para poder hablar con ellos, para poder establecer contacto con ellos, para poder elevarlos paciente y firmemente hasta el nivel de la conciencia socialdemócrata, sin convertir nuestra doctrina en un dogma seco, enseñándola no sólo con libros, sino también mediante la participación de las capas más atrasadas y menos desarrolladas del proletariado en la lucha diaria y práctica. En esta actividad cotidiana hay, lo repetimos, ciertos elementos de pedagogía. Un socialdemócrata que olvidase esta actividad, dejaría de serlo. Eso es cierto. Pero entre nosotros se olvida ahora con frecuencia que un socialdemócrata que redujese las tareas políticas a una simple labor pedagógica, también —aunque por otra causa- dejaría de ser socialdemócrata. Quien tuviese la ocurrencia de hacer de esta “pedagogía” una consigna especial, de contraponerla a la “política”, de basar en esta contraposición una tendencia especial y de apelar a las masas en nombre de esta consigna contra los “políticos” de la socialdemocracia, caería al instante y de manera irremediable en la demagogia.


Toda comparación cojea. Esto es sabido hace ya mucho. Toda comparación examina tan sólo un aspecto o ciertos aspectos de los objetos o conceptos confrontados, haciendo abstracción de los demás aspectos pasajeramente y bajo reserva. Recordemos al lector esta verdad conocida de todos, pero olvidada a menudo, y comparemos el partido socialdemócrata con una gran escuela, elemental, secundaria y superior al mismo tiempo. Nunca, en ninguna circunstancia, podría olvidar esta gran escuela la necesidad de enseñar el abecé, de trasmitir los rudimentos del saber y de habituar a pensar por cuenta propia. Pero si alguien tuviese la ocurrencia de eludir los problemas del conocimiento superior remitiéndose al abecé, si alguien contrapusiera los resultados precarios, dudosos y “estrechos” de este conocimiento superior (asequible a un círculo mucho menor en comparación con el círculo que aprende el abecé) a los resultados firmes, profundos, amplios y sólidos de la escuela elemental, daría pruebas de una increíble falta de perspicacia. Podría incluso contribuir a “desfigurar por completo el sentido de esa gran escuela, pues el eludir los problemas del conocimiento superior sólo serviría para facilitar a los charlatanes, demagogos y reaccionarios su labor de desorientar a los que sólo hayan aprendido el abecé. O comparemos el partido con un ejército. Ni en tiempos de paz ni en tiempos de guerra se puede abandonar la instrucción de los reclutas, los ejercicios de tiro, la tarea de difundir en amplitud y profundidad entre las masas el abecé del arte militar. Pero si los dirigentes de las maniobras o de las operaciones militares ... *


Escrito en junio de 1905. Publicado por primera vez el año 1926 en el tomo V de la “Recopilación Leninista”.