Wednesday, August 25, 2010


Ideologia

EL TROSQUISMO COMO VICTIMISMO DE "IZQUIERDAS"

        

Nada resulta más íntimamente ofensivo para el sectario trosquista que la victoria de la Unión Soviética sobre el nazifascismo: es ese aguijón que no deja de taladrar su conciencia autocomplaciente de víctima (...)

SADE

 2 Iruzkin.

El sectario trosquista reproduce miméticamente el complejo judeo-cristiano de la víctima y el victimario. El fundador de la secta, Trosqui, aparece en la iconografía al lado del Dios-Padre Lenin; su muerte, rodeada de todos los ingredientes del sacrificio, y la de sus seguidores, auténticos perseguidos, son la obra de ese Imperator romanus redivivo, trasunto de El Mal, que, con el alias de Stalin, sigue alimentando, por toda la eternidad, esa autocomplacencia en el dolor, que es el ser y sentirse víctima, y la esperanza del “socialismo”, irrealizable por su misma naturaleza. [El “socialismo trosquista” es imposible en tanto significa la superación del trosquismo, del dolor, del sufrir; tan imposible como para el judaísmo lo es la llegada del Mesías, de la dicha, del fin del rencor. Hay una horrible, insoportable, contradicción en todo esto].

La figura de Trosqui: zurriago de los ejércitos blancos, homérico fundador del Ejército Rojo, aniquilador de esos mercaderes del templo que fueron los bandidos de Kronstadt, pero también inerme anciano, abandonado de casi todos [detrás de este casi se esconden verdades capitales], sobre cuyo cráneo percute el piolet manejado por ese otro mercader, Ramón Mercader, insignificante nombre propio del centurión que clava la lanza en el costado de El Salvador…

…Que no muere. Aún se prolonga la agonía: es necesario que se rasgue el velo del templo.

El trosquismo clama desde su esperanza de humillado contra la esperanza, desde su socialismo del dolor contra el socialismo, desde su revolución permanente, aferrada al siempre incierto hilo de la vida, contra la revolución posible, sida o futura, desde su unidad de los ofendidos contra la unidad, porque, como a algo pequeño que es, le está negado el destino de todo lo grande en la Historia: la autosupresión.

Nada resulta más íntimamente ofensivo para el sectario trosquista que la victoria de la Unión Soviética sobre el nazifascismo: es ese aguijón que no deja de taladrar su conciencia autocomplaciente de víctima, ése su afán esencial de ser un inextinguible cada vez menos con tal de ser algo. El colosal esfuerzo del pueblo soviético, inapelable y estrictamente dirigido por Stalin, ese alias en que se encarna El Mal, funciona como espejo de esa nada como tendencia que es el trosquismo.

Y así, como el cristiano, y con su misma finalidad pervertida, esto es, ensanchar su insignificancia, crecer en cantidad, el sectario trosquista se hermana con los pacifistas, se pone del lado de los cobardes fusilados, de los caídos como resultado de “tácticas bélicas erróneas”. Y aún más: lo insoportable de la náusea que produce en los sectarios de Trosqui la conciencia de insignificancia ante ese inmenso sí que es la victoria soviética sobre el nazifascismo les conduce -en típico giro agresivo de lo débil- a romper el espejo: “No fue tal victoria sino un reacomodo en el seno de El Mal. Hitler=Stalin”.

Hay que reconocerles, no obstante, una virtud: el olfato de perro, ese husmear incesante y nervioso que indica al cazador de verdades la proximidad de su presa. En esa idea fija que, como un tormento mitológico, les empuja una y otra vez al mismo rastro se encuentra… la verdad: «En la derrota de Stalin a manos de Hitler se halla la definitiva y redonda confirmación de la certeza del credo trosquista; en el campo de batalla, en la acción, supremo criterio de la verdad, la victoria ha sido negada a Koba: ¡He aquí la gran verdad arrancada de Las Tinieblas por el puño de bronce que tuerce el tiempo y doblega agrestes cordilleras y ríos de caudal impetuoso!…»

…Y de toda esta espantosa fantasía desiderativa, de toda esta explosión de impotencia ucrónico-utópica cuyo corolario no puede ser sino el vacío y la nada más radical, ¿qué queda?

Mal humor. Mucho mal humor.

Y luego esa relación enfermiza, judaica, entre el Dios-Padre y el fundador de la secta. Todas y cada una de las hondas críticas de Lenin son, para el sectario trosquista, otras tantas pruebas del infinito amor del Padre por el Hijo, de la misma manera que el sedicente Pueblo Elegido trocaba los castigos, el dolor y el sufrimiento a que Yahvé lo sometía en señales del inconmensurable amor que le profesaba el dios mosaico… ¡Ah, el amor de las víctimas!

¿Y qué decir del fabuloso testamento de Lenin? ¿Dónde sino en un testamento puede hallarse una eterna condenación? El testamento que anula todo pasado, el testamento que condensa en un postrero y sobrehumano esfuerzo una voluntad vital, de hecho, por ser la última, la única voluntad, afirmada como un sempiterno presente. El testamento de Lenin es, para la secta trosquista, la lluvia de azufre que, ¡ay!, nunca llegó a derramarse sobre esa Sodoma en que Stalin, ese mago apoderado de El Reino, convirtió a la Unión Soviética tras deshacerse de El Elegido.

Y es que el argumento para el trosquista no es una antítesis. No, no, no. No es parte de un proceso dialéctico, es decir, una negación que merece ser negada. No, no, no. [De aquí que sea sencillamente imposible discutir con un sectario trosquista]. El mecanismo de pensamiento del sectario es una perpetua demostración de una verdad absoluta: la absoluta maldad de Stalin, idea fija entorno a la que gira enfermizamente la vida sectaria: ésta es su auténtica ideología, un círculo, un dar vueltas sin fin, o, por decirlo dándole la vuelta a la genialidad del fundador de la secta: una permanente revolución.