Thursday, June 24, 2010


Langile mugimendua

UNA ENTREVISTA AL CAMARADA STALIN

        

Stalin, exaltado, pronunciaba las frases en un francés perfecto, que yo anotaba con rapidez en mi cuaderno. Cuando me levanté para irme, me rogó que dijera en España todo lo bueno que había visto en Rusia, y con un apretón de manos me despedí del secretario del partido comunista de la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas Rusas.

SADE

 6 Iruzkin.

La entrevista al camarada Stalin que a continuación se transcribe fue realizada por el escritor y periodista León Villanúa, y está contenida en su libro “La Rusia inquietante. Viaje de un periodista español a la U.R.S.S. Años de 1928-29”, págs. 341-49. La primera edición, privada, de la mencionada obra data de octubre de 1931.

“La Rusia inquietante” constituye un documento apreciable: en él se recogen entrevistas a varios líderes soviéticos de la época, incluida una con Trosqui en Alma Ata, así como valiosos datos históricos sobre la Rusia prerrevolucionaria y de la inmediatamente posterior a 1917.

No deja de ser significativo que el autor, abierto anticomunista como se desprende de la lectura de las páginas del libro, amén de poco afecto a la figura de Stalin, como podrá comprobar quien lea la entrevista, fuera el traductor al castellano, en 1932, del libro “Vida de Lenin” atribuido a Trosqui.

En la copia del texto de la entrevista se han mantenido la ortografía y puntuación del original, señalándose con “sic” entre paréntesis las erratas, los errores, incluidos los de puntuación que podrían afectar al sentido, y las anfibologías. La nota incluida en el texto de la entrevista al camarada Stalin no figura en el original de León Villanúa.

***


“Mi primera interviú fué con el secretario general del Partido comunista, hombre que tiene el arte supremo de mantener unidos a todos los elementos que forman una entidad tan dominadora como la bolchevique. Es, según me dijeron, un hombre de habilidad política extraordinaria. José Stalin (Dyugachvili) hace y deshace; es un campesino de Georgia, rudo y suspicaz. Sirviéndose de la complicidad de Zinovieff y Kameneff, se desembarazó de Trotsky y Rakouwsky; luego sustituyó a Zinovieff por Bukharin, e hizo tales cosas, que consiguió quedarse sólo con sus hombres, y la vieja guardia, los ardientes bolcheviques de 1917, fueron inhabilitados; unos murieron, como Frunze; otros se suicidaron como Joffe (el hombre de los Tratados, que los hizo con las potencias extranjeras), y sólo quedaron Chicherin, Litvinoff y Rykoff…

En la puerta del Kremlin, guardia roja equipada como si hubiese guerra. Vino primero un soldado, y después un oficial, que consultó por teléfono a Stalin; después me indicó que diese mis señas, nombre, profesión; lo anotó en un gran registro. A una voz breve se presentó un soldado y me indicó que le siguiera. Pasillos anchos con linoleum rojo en el suelo, muchas puertas, todas cerradas; alguna señorita funcionaria que pasaba aburrida por aquello que fué antes convento. Nos detuvimos ente una puerta y entramos sin anunciarnos ni pedir permiso; habitación grande de techos abovedados y gran mesa con papeles en el centro; por las paredes, mapas de Rusia europea y asiática, grandes cartas geográficas con alfileres de colores e hilos; algo como lo que se ve en las oficinas de Estado Mayor. Por las ventanas, grandes, se veían las iglesias del Kremlin y el cielo azul fuerte.

Stalin, vestido como un hombre del pueblo (blusa azul oscuro, abrochada hasta el cuello, cinturón de cuero, pantalones bombachos y botas altas). Vino a mí con las dos manos extendidas y me sentó en un diván; luego, pasados los momentos de efusión y amabilidad, me preguntó cosas de España con un conocimiento que verá el lector.
Stalin, como todos los bolcheviques, usa un nombre de guerra o mote; su verdadero nombre es Dyougachvili; aparenta cuarenta y cinco años; es de Georgia y tiene una amabilidad extraordinaria.

-¿Qué le ha parecido Rusia?
-Bien, muy bien, muy fuerte.
-¿Y por España, cómo andan los trabajos revolucionarios?
-Allí todo es de doublé.
-Sin embargo, ustedes tienen hombres de mucha valía; pero no hay organización combativa; no pueden pretextar la falta de ambiente y de ayuda; el pueblo no ayuda más que al que ve que le da algo. Nosotros hemos pasado cerca de un siglo predicando a los campesinos, y hasta ahora no hemos conseguido atraérnoslos, y eso porque se lo hemos dado todo; la tierra es suya y nos regatean sus productos (sic).
-Además, en España hay una fuerte reacción clerical, que desvía los mejores propósitos.
-Eso no tiene importancia; también aquí la había, acaso mayor que en España; eso se arregla matando curas…, prohibiendo las asociaciones religiosas, enseñando al pueblo la farsa de todas las religiones… Yo, desde los dieciséis años, trabajo por la causa socialista; luego me agrupé a Lenín; he sido diputado en la Duma, jefe de la fracción parlamentaria bolchevique, comisario de las nacionalidades y miembro del Comité Central Ejecutivo Panruso; pero mi mayor actuación en el partido ha sido como militar. Yo, que siempre fui antimilitarista, defendí Leningrado contra las tropas de Yudenifch; me he batido contra Denikin, contra los polacos… En fin, cosas inesperadas.
-Entonces, ¿usted habrá cambiado de idealidad varias veces?
-No; yo sigo siendo lo que siempre fui: un organizador dentro del partido, y lo tengo siempre unido como un bloque… Pero hablemos de otra cosa que no sea de mí.
-De lo que usted quiera.
-Ustedes tienen en España un hombre de un talento extraordinario, de una perspicacia política y maquiavelismo inmenso; es una lástima que sea monárquico y rico… Hubiera sido el Lenín de España.
-¿A quién se refiere usted?
-Al conde de Romanones.
-Pero ¿también en Rusia se conoce al conde de Romanones?...
-¡También!
-Entonces, ¿usted cree que si él quisiera?...
-Si él quisiera, el capitalismo estaría cercado en la Europa central.
Reímos un poco, y Stalin consultó unas notas que tenía sobre la mesa; se le veía hombre metódico, que todo lo preveía, y dijo:
-Nuestro sistema político es el mejor, el más equitativo, justo y democrático; se basa en los principios de Marx y Lasalle, puestos en forma viable por Lenín. Nuestros principios son obligatorios para todos, ya que no admitimos discusión sobre su justeza.
-Como los curas con los suyos.
-Igual… Hemos discutido muchos años nuestros ideales para que ahora una cualquier colectividad de burchui o burgueses, que dicen ustedes, nos pongan el veto.

Primer principio.- Nadie debe vivir sin trabajar; el que no trabaja, vive a costa del trabajo de los demás, o explotando el esfuerzo ajeno, consume sin producir, y además, es vicioso y tiende a la holgazanería. Sólo exceptuamos a los ancianos, a los niños, a los enfermos y a los inútiles físicamente.

Segundo principio.- Todo ser humano tiene derecho a la paternidad; en Rusia los padres tienen la obligación de alimentar, educar y proteger a sus hijos, no habiendo distinción entre legítimos, naturales y adulterinos. Toda mujer en estado interesante es protegida por el Estado, y hemos conseguido que el infanticidio desaparezca en Rusia, haciendo respetable y honorable a la mujer encinta, casada, soltera o viuda; es una futura madre que lleva en sí el germen de un ser humano. Nosotros abominamos del honor burgués.

Tercer principio.- La mujer es igual que el hombre; tiene los mismos derechos que él, y algunos deberes menos, dada su debilidad física y el alto fin para el que está destinada: surtir de ciudadanos a la República. Ellas trabajan en todo igual que los hombres, y algunas veces, mejor, y con su esfuerzo se libran de esas vergüenzas burguesas que se llama (sic) prostitución, criadas y explotación femenina.

Cuarto principio.- Todos los seres humanos pueden vivir como quieran y con quien quieran. Esto, dicen los burgueses que es la destrucción de la familia; pero no es cierto: es la destrucción de la familia artificial, creada por la ley; pero es la fundación de la familia natural creada por el amor y la mutua estimación. En Rusia se concede el divorcio sólo por la voluntad de uno de los cónyuges; así no hay esos matrimonios artificiales de gentes que se odian o no congenian, ni esa obligación de los hijos de vivir bajo la potestad de padres brutales o alcohólicos.

Quinto principio.- El jornal, sueldo o premio debe ser proporcional al trabajo; esto es lógico, como todas nuestras leyes, y natural, ya que en los Estados burgueses los que menos trabajan son los que más ganan; así, pagamos por horas y atendiendo a la calidad, lo mismo el trabajo intelectual que el corporal.

Sexto principio.- La conciencia individual es inviolable; todo el mundo puede pensar y decir lo que quiere; el Estado es francamente ateo, y procura inculcar a todos su ateísmo, que es la verdad universal; lo mismo que los Estados burgueses son religiosos y protegen a las diversas religiones.

Nosotros tenemos en nuestro partido a Rykoff, excelente bolchevique, que es también un cristiano ferviente. Lenín, con su clara visión del porvenir y con su espíritu práctico del hombre que se acostó muchas noches sin cenar, impuso en Rusia nuestro amplio programa, que hasta ahora nadie había implantado, a pesar de ser un ideal de todos los hombres buenos y justos, de todos los trabajadores. Y en un discurso que pronunció en Petrogrado, a los indecisos les gritó aquellas palabras que conmovieron a Rusia y al mundo: “Nosotros no os ofrecemos nada porque todo es vuestro. Nosotros, los bolcheviques, los del programa máximo, os gritamos: ¡Proletarios, apoderaos de lo que os han robado, (sic) los burgueses, vuestros explotadores! No pidáis justicia; hacerla vosotros, ya que vuestra legitimidad no admite discusión; dejaros de estas estúpidas cosas que inventaron las (sic) capitalistas para teneros bajo su pie. ¡Obreros, no votar! ¡Soldados, no matar! Uníos todos, hijos del pueblo, y organizaros vosotros en Soviet… ¡Todo el poder a los Soviets! ¡Abajo la guerra que es una pugna entre capitalistas! ¡Abajo el dinero que no es más que un valor ficticio! ¡Asaltar el Poder, ya que los capitalistas no os dan lo que os pertenece…” Y en aquel discurso, el pueblo empezó a comprender la gran reforma que se le ofrecía, y… en octubre nos hicimos los amos; llevábamos muchos siglos de esclavitud. Claro que los capitalistas del mundo nos hicieron la guerra con su régimen de mentiras y fantasías, con un bloqueo que nos aisló del mundo, con una guerra civil que nos produjo muchas catástrofes; pero el pueblo, el verdadero pueblo, vió lo que no había visto nunca y venció todas las dificultades…

Stalin, exaltado, pronunciaba las frases en un francés perfecto, que yo anotaba con rapidez en mi cuaderno. Cuando me levanté para irme, me rogó que dijera en España todo lo bueno que había visto en Rusia, y con un apretón de manos me despedí del secretario del partido comunista de la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas Rusas.

Muy poco se sabe de Stalin, que, después de haber vencido a Trotsky y a los prohombres de la vieja Guardia Comunista, resulta –a pesar del carácter impersonal de la Dictadura- el verdadero amo de la Rusia soviética. El italiano Mariani fué uno de los primeros que relató en su interesante libro sobre Rusia, la carrera de Stalin; pero hasta la publicación de las notas redactadas por su ex secretario particular Bayanoff, en el periódico ruso antibolchevique Vozrojdenie, la personalidad de Stalin era un misterio.

José Visarianovich Dyugahvili –éste es el verdadero nombre de Stalin- es, como lo indica su apellido, oriundo de Georgia; nació en 1879 en una aldea cercana de Tiflis, hijo de un zapatero. Su padre tenía la ilusión de hacer de su hijo un sacerdote, pero a la edad de veinte años el seminarista fué expulsado por sus ideas revolucionarias. Desde entonces, el futuro dictador ruso se dedicó al periodismo y a la propaganda; entre 1903 y 1919 (sic) fué detenido seis veces y deportado a Siberia, pero consiguió escaparse. Stalin suele mencionar con orgullo que prefería los rigores de la cárcel a la huída al extranjero, y por este espíritu de sacrificio, se siente superior a los que llama desdeñosamente revolucionarios de Montparnasse (1).

En los años en que Lenín vivía en el extranjero, lo mismo que casi todos los prohombres comunistas, su verdadero representante en Rusia fué Stalin; desde 1915, miembro del Comité Central. Cuando en 1917 Lenín volvió a Rusia, Stalin colaboró estrechamente con él; tuvo méritos en el buen éxito del levantamiento bolchevique. Como recompensa, fué nombrado secretario general del partido, cargo que durante la prolongada enfermedad de Lenín adquirió grandísima importancia. Como secretario, Stalin se apoderó del mecanismo del partido, a tal punto, que, como (sic) después de la muerte del jefe, ha podido emprender, con la casi certidumbre de un buen éxito, la gran ofensiva contra Trotsky, Kamenef, Zinovief, Rakousky y tantos otros posibles rivales.
Stalin es de estatura media, de aspecto insignificante; es un hombre taciturno, pésimo orador, totalmente ignorante, lo mismo en literatura que en cuestiones económicas. ¿Cómo explicarse entonces el poder que ejerce? Por su carácter entero y su gran talento de organizador. Stalin se contenta con dos pequeñas habitaciones en el Kremlin, viste como los obreros rusos, no bebe ni fuma, ni se permite la menos diversión; como una araña venenosa, tiende sus hilos desde su minúsculo despacho, porque este hombre, que en su vida particular es el tipo del puritano, está dominado por la sed inextinguible de ejercer el Poder, sin compartirlo con nadie; esto es su única pasión, el único fin de su vida.

Salí del Kremlin (…)”


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(1) En el ensayo de Don Miguel de Unamuno “Cómo se hace una novela”, dado a la estampa en lengua francesa en 1926 y en castellano en 1927, se puede leer: “(…) paso la mayor parte de mis mañanas solo, en esta jaula cercana a la plaza de los Estados Unidos. Después del almuerzo me voy a la Rotonda de Montparnasse, esquina del bulevar Raspail, donde tenemos una pequeña reunión de españoles, jóvenes estudiantes la mayoría, y comentamos las raras noticias que nos llegan de España, de la nuestra y de la de los otros, y recomenzamos cada día a repetir las mismas cosas, levantando, como aquí se dice, castillos en España. A esa Rotonda se le sigue llamando acá por algunos la de Trotski, pues parece que allí acudía, cuando desterrado en París, ese caudillo bolchevique.”