Langile mugimendua
Más de 30 años después, las dos cuestiones que la monarquía -ser o no ser- hubo de ocultar bajo la alfombra de la “transición”, y ello aun a costa de su propia legitimidad, es decir, la ruptura republicana y de izquierdas, y la autodeterminación de los pueblos del estado, pueden, tanto por la tenaz resistencia del pueblo vasco y su capacidad autoorganizativa, como por el propio agotamiento del sistema, pueden, decíamos, volver a tener una oportunidad de hacerse posibles.
3.- ¿Hacia una “retransición”?
El análisis de los factores, endógenos y exógenos, que inciden en los evidentes síntomas de agotamiento del régimen del 78 a día de hoy, debe llevar a valorar, desde una perspectiva de izquierdas, las posibilidades reales de autorregeneración de la monarquía, o lo que es lo mismo, de una “retransición” monárquica que, a nuestro juicio, sólo puede producirse, como en el año 78, mediante una nueva traición a la causa de la izquierda revolucionaria y republicana, y a la causa independentista vasca.
Es, probablemente, en el triángulo de poder “político” que forman el sistema bipartidista, la base constitucional y la jefatura del estado donde, de manera más aguda, se manifiestan las señales de crisis e inoperatividad creciente del régimen:
a) El sistema de partidos está sometido desde hace ya años a un proceso de “profesionalización de la política” cuyas características más conspicuas son, por un lado, el apartamiento objetivo del ciudadano -es decir, la base social y presunta fuente de legitimación del sistema- de cualquier forma de participación activa en los asuntos comunitarios (con la única salvedad formal de la posibilidad de ejercicio del derecho al voto en las periódicas elecciones), y, por otro, el empleo del mandato público derivado de esas elecciones por parte de aquellos a quienes, pomposamente, el derecho burgués llama “representantes de la soberanía popular”, como trampolín legal para negocios privados.
Se trata de un sistema de gobierno de lo público que tiene como presupuesto la perversión misma de lo público, un sistema en el que los casos de corrupción “ilegal” no son sino anécdotas patológicas dentro de un mecanismo más amplio, por completo “legal”, en que el ejercicio de la cosa pública está enfocado esencialmente al enriquecimiento privado: los Matas, Roldanes y demás patulea de esa calaña son sólo las ovejas negras del rebaño de “profesionales de la política”, el rebaño de los Imazes, Redondos Terreros, Zaplanas, etc., todos ellos recolocados ya en consejos de administración de grandes empresas privadas.
b) Desde su promulgación, y con la salvedad de la anecdótica e intrascendente reforma de su artículo 13, la constitución del 78 se ha ido revelando paulatinamente como una construcción jurídica cada vez más anquilosada, más rígida, menos capaz de dar cabida en su seno a los cambios sociales e históricos. De hecho, señal inequívoca de ese anquilosamiento es que la mera mención de su reforma haya ido adquiriendo, aun dentro de los límites del debate político monárquico, el carácter de tabú o de arma arrojadiza. A las fallas de legitimidad de origen de que adolece en Euskal Herria hay que añadir el hecho de que sean ya minoría, sobre el total de la población, los ciudadanos del estado que en su día se pronunciaron en referéndum sobre la constitución del 78.
c) Finalmente, en relación con la jefatura del estado, se perciben, cada vez con más frecuencia y desde muy diversos ámbitos ideológicos, voces que, sacudiéndose el temor reverencial impuesto desde el 78 a estacazos de código penal, critican también cada vez más acerbamente a la monarquía y a su rostro más visible y -por qué no decirlo- más congestionado: el descrédito y la decadencia de la institución monárquica se van dibujando en el horizonte como las consecuencias inexorables a que conducen los “méritos” privados de “il capo” de la institución y su imparable decrepitud física y psíquica.
Ante este panorama político, unido a la crisis económica, las soluciones, al margen de las meras inercias, de regeneración política “desde dentro” no parecen sencillas, aunque -y es la tesis de este trabajo- no deben, ni mucho menos, descartarse.
En los últimos 30 años se han agotado definitivamente los embelecos, “izquierdista” del PCE-IU, e “independentista” del PNV. Como consecuencia de ello, en el primero de los casos, el campo de la izquierda revolucionaria a nivel estatal ha quedado, por así decirlo, abierto, libre, para quienes tengan la audacia de ocuparlo. En el segundo de los casos, el agotamiento del papel gestor desempeñado por el PNV en el modelo del 78, puesto de manifiesto, descarnadamente, en su expulsión sin contemplaciones, ni agradecimientos, de Lakua, abre nuevas perspectivas para la acción de la izquierda independentista vasca.
Más de 30 años después, las dos cuestiones que la monarquía -ser o no ser- hubo de ocultar bajo la alfombra de la “transición”, y ello aun a costa de su propia legitimidad, es decir, la ruptura republicana y de izquierdas, y la autodeterminación de los pueblos del estado, pueden, tanto por la tenaz resistencia del pueblo vasco y su capacidad autoorganizativa, como por el propio agotamiento del sistema, pueden, decíamos, volver a tener una oportunidad de hacerse posibles.
En ese contexto previsible, ¿cuáles son los riesgos de un descarrilamiento semejante al del 78? Por una parte, la aparición de una “izquierda a la izquierda” del PCE-IU (electoralmente hablando, claro), que, a pesar de su fraseología “revolucionaria”, rupturista, anticapitalista, marxistizante, arrastre a amplios sectores populares hacia “una lucha” que -digámoslo sin ambages- constituye, a día de hoy, el más peligroso antagonista para la formación de una auténtica alternativa revolucionaria: el “progresismo”, esa ideología burguesa que sustituye la lucha de clases por, por ejemplo, la lucha contra las corridas de toros; que rechaza furibundamente la dictadura del proletariado; que “no entiende” las luchas de liberación nacional porque ella sólo defiende “la liberación de todos los seres humanos”; que ve en la lucha armada revolucionaria un “aliado objetivo” de nuestros enemigos de clase; que marcha hombro con hombro con la aristocracia obrera porque “aun con todo, es… obrera”.
Hasta los olfatos menos perspicaces habrán notado que “esta izquierda ya existe”: agazapada detrás de titulillos como “izquierda antiautoritaria”, se presenta a sí misma como superadora de “experiencias históricas fracasadas que han desprestigiado el nombre del socialismo”.
Para concluir, respecto al independentismo vasco de izquierdas, el riesgo de descarrilamiento podría proceder de la asunción de un modelo “esquerrarrepublicano”, que deje reducido el contenido independentista (e izquierdista) a lo sanguíneo o a lo biliar, a un “petit chauvinisme” antiespañol, que sirva, en realidad, para esconder una práctica política cotidiana de sostenimiento de una monarquía “retransicionada”.
¡Que la experiencia histórica del 78 -en especial las traiciones de PCE y PNV- sean el espejo de nuestros pasos, sobre todo de los pasos en falso que unos y otros podamos dar!
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